Política y mentira. Por, José Luis Rodriguez Garcia

Jose Luis Rodriguez García

Aterra escuchar el discurso de los políticos. Acaso haya que pedir disculpas porque quizás deambule algún político que no invite a la desafección. No deseo generalizar sobre los políticos. Recuerdo la inteligente respuesta de Russell cuando un periodista le preguntó sobre su opinión sobre los franceses: con inequívoca genialidad, el filósofo y activista inglés respondió encogiéndose de hombros que no podía responder porque sólo conocía a unos pocos franceses. No me ocurre lo mismo con esa clase que conocemos como “políticos”: conozco a pocos políticos pero me atrevo a generalizar asegurando que unos y otras mantienen una relación especial y fraternal con la Mentira. Está bien, lo concedo, salvando excepciones.

Lo extraordinario es que la Mentira del político, estrategia reconocida desde hace siglos, ha desembocado en su aceptación por el común de los mortales. Hace décadas, o siglos, la “gente” se irritaba cuando el político engañaba. La situación ha cambiado: ahora, cuando escuchamos las promesas del político sabemos que acuña una mentira fabulosa. No es necesario que terminemos por comprobar la Mentira. Lo fatídico es que sabemos que lo que se nos entrega es una Mentira, facilitando tal comercio nuestra risa y nuestro estúpido regocijo. La Mentira como moneda de oro. Casos actuales en nuestro país… Podemos regocijarnos: los actuales <caso Trillo> o <caso Bárcenas> son de antología porque no hay “gente” que desconociera que el ministro Trillo había ejercido de estúpido agente y forense en el asunto Yak-42, y nada que agregar a la aventura de “Luis el Cabrón”. El problema no es que hayan engañado a la “gente”, sino que la “gente” sabía que le estaban engañando y aceptaba la historia entre el estupor y el aplauso.

¿Anécdota de nuestra actualidad? Quiero transmitir tranquilidad –ese afecto paralelo a la ira asumida- porque la relación entre Política y Mentira es tan esencialmente moderna que debiéramos tranquilizarnos al escuchar a los oficinistas del laboratorio de la gestión pública. Al respecto, no es posible olvidar algunos textos del XVIII cuya lectura recomendaría para sosiego de nuestras doloridas almas. Atraviesan el siglo, proponiendo una vez la reflexión sobre la conveniencia de mentir en política. Seguro que los políticos del XX están bañados en ellos… En la polémica intervienen, entre otros, Swift, Kant, Condorcet y Constant, y el centro de la reflexión se urde en torno a si la decir la verdad es un deber incondicionado, esto es, si hay que evitar en toda ocasión y momento la mentira, o si, por el contrario, en determinadas circunstancias no es inconveniente mentir.

¿En cuáles? Lo sabemos: la mentira es necesaria en el mundo de la política. Swift, en su artículo propagandístico que buscaba suscriptores para financiar la publicación de El arte de la mentira política, obra en dos volúmenes que jamás vería la luz, resume el contenido del primer tomo haciendo hincapié en dos asuntos que no me resisto a subrayar. Por un lado, que la mentira política “es el arte de hacer creer al pueblo falsedades y hacerlo a buen fin”, y por otra parte, y entramos en trance de desmayo, propone Swift  crear una sociedad de mentirosos que estaría constituida “por los jefes de cada partido… por cuanto son los más capacitados para juzgar lo que conviene a cada coyuntura y decidir qué tipo de mentira debe usarse en cada ocasión”.

Qué agradable es el cinismo de Swift… Nos consuela al fin y al cabo: porque el ejercicio de la mentira es longevo y lo único novedoso es que, ahora, sabemos que nos ofrecen mentiras y sabemos que compramos mentiras, y gozamos con este juego de zombis ciudadanos… Desde luego, no todo iba a ser un jardín de rosas. Hacia finales de siglo el bueno de Condorcet publicó una breve reflexión titulada ¿Es conveniente engañar al pueblo? siguiendo la máxima kantiana relativa a la incondicionalidad del decir la verdad que ponía en apuros a los políticos dados a ofrecer moneda falsa para ilusionar al ciudadano. El enemigo de los jacobinos escribía algo espeluznante y que ha sido corroborado a lo largo de 200 años: como los políticos no quieren quedar como truhanes o imbéciles, “han encontrado la forma de establecer que los errores que están interesados en defender son necesarios para los pueblos, así como el modo de convencer de esta opinión a un gran número de personas instruidas”. ¡Ah, benditos intelectuales convertidos en pajes académicos de los mentirosos!

Demasiada pretensión la mía si sugiero que nuestros políticos debían leer los varios textos de Kant relativos al asunto –el más enjundioso se encuentra en la Metafísica de las costumbres- porque al decir la verdad corren el peligro de convertirse en homeless. Porque la honorabilidad kantiana da miedo: ¿todos los políticos diciendo la verdad? ¿Ningún político zancandileando y abandonando la virtud del tahúr? ¿Qué se hunde la corte de los milagros…? Sería la desbandada. Y allá por el XVIII ya se sospechaba. Kant era un bicho peligroso que, desde su modesto alejamiento, se atrevía a conjurar las fuerzas del bien en apoyo a la radicalidad de la Revolución. Y es por esto mismo por lo que un jovencísimo Constant redactará un capítulo incluido en su Sobre las reacciones políticas donde asegura sin tapujos que “el principio moral que declara ser un deber decir la verdad, si alguien lo tomase incondicional y aisladamente, tornaría imposible cualquier sociedad”. Y a formar que llega la hora de la retreta…

Por esto, y de aquí mi empeño, no se trata de luchar para que los políticos digan la verdad… Me parece precipitado. Lo urgente ahora mismo es combatir para que, al menos, se den cuenta los políticos que sabemos que nos están mintiendo. A lo mejor prefieren cortarse la nariz pìnochesca, dedicarse a otra cosa y dejar que la sociedad ser gestionada por quienes piensan que es obligatorio, ahora y siempre, decir la verdad.

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