Filibusterismo lingüístico. Por, José Luis Rodríguez García

Jose Luis Rodriguez García

Es opinión asentada, contundente y válida que no puede existir sociedad sin una regulación lingüística que permita la comprensión entre sus miembros y que intercambie la acuñación de palabras con el fin de garantizar las relaciones humanas, de facilitar el ocio y, como agregaría Hobbes, impulsar el comercio y la industria. Por esto mismo nos resultaría sumamente difícil, si no imposible, dialogar sobre la “piedad”, por ejemplo, con un espartano o de la “solidaridad” con un nazi. Lo que no quiere decir que esa moneda de intercambio acordado a la que llamamos lenguaje no pueda oxidarse o, más claramente, que se oxide: es por esto por lo que el viejo concepto de democracia ha ampliado su horizonte de significación desde el uso calibrado por Aristóteles hasta el sentido que hoy concedemos a dicho concepto en el mundo civilizado y en el discurso de los mandatarios –aunque me temo que debamos excluir al supuesto presidente Trump que sólo ha comprado un libro en su vida y que aún no ha tenido tiempo de leer porque no sabe si se comienza por el página 1-.

La creencia en lo conveniente que resulta ser este cambio del objeto del intercambio lingüístico, impulsado por la sociedad y por los individuos, o viceversa, es también antigua convicción. Todos recordamos esa conversación mantenida entre Don Quijote y Sancho, recogida en el capítulo XLIII de la Segunda parte de la obra cervantina en la que el muy cuerdo hidalgo le recomienda, ahora que llega la hora del mandato para el refranero escudero, no “erutar delante de nadie”, a lo que, como éste no entiende lo que le quieren decir, ha de explicárselo el muy sensato caballero con una justificación que no tiene desperdicio. Dice: “erutar, Sancho, quiere decir regoldar…” Y si hay gentes que no entienden el significado de erutar “importa poco; que el uso los irá introduciendo con el tiempo, que con facilidad se entiendan; y esto es enriquecer le lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso”. No podría ser mejor dicho ni más claramente argumentado. Y es que, en efecto, la sociedad incorpora nuevos significados o crea otras palabras para expresar su transitorio estado de salud.

¿A qué viene todo esto? Resulta que deseo llamar la atención sobre dos conceptos que han comenzado a barajarse con pasmosa serenidad y que, desde mi punto de vista, conllevan una muy fuerte sangría política, un vaciamiento colosal de los procedimientos argumentativos. ¿Resultado? Mucho me temo que convertir el ágora político en un territorio de naderías y de discursos que pueden repetir el iletrado y el licenciado porque resultan estar tan vacíos de contenido o tan desviados que no hay bicho viviente que crea que carece del derecho a sermonear. Y lo llamativo, a la vez que peligroso, es que tales conceptos son recogidos por tirios y troyanos haciendo imposible identificar en la sombra a los coyunturales usuarios.

Decía que dos conceptos y comienzo por el más escandaloso… Hace siglos la sociedad estaba dividida en estamentos, castas o grupos sociales que tenían clara la geografía social. A rabiar o sumisos sabían cuál era su lugar, aunque siempre estuviera a punto de aparecer un Espartaco. Más tarde, ya casi en nuestra vecindad, el concepto usado para referirse a los miembros de una sociedad fue el de clase. No se trató de un concepto libre de controversias: los trabajosos Marx y Engels ya se las vieron y desearon para intentar situar en algún lugar social a los artistas y poetas, no productores de plusvalía y, por consiguiente, no pertenecientes al proletariado… En fin, como sabido, dejaron decenas de páginas para intentar resolver el desaguisado teórico. Y si el inicio no estuvo exento de controversias el asunto se complicaría en la segunda mitad de ese maldito siglo XX: los trabajadores de cuello blanco, así catalogados por Marcuse, los estudiantes improductivos según la lógica capitalista, y un desasosegante etcétera, pusieron en relativa crisis el concepto admitido, aún a regañadientes, de clase social.

Y aquí se produce el milagro… Porque desde hace algunos años, pocos aún, es verdad, lo que consuela porque parece que podemos impedir el filibusterismo lingüístico, se ha puesto en circulación la palabra “gente” para apuntar al sujeto político. Todos quieren llegar a la gente, todos pretenden ampliar el horizonte de su gente… He escuchado con estupor a dirigentes de derecha y de izquierda apelar al voto de la “gente”, convocar a una ampliación de la “gente” a la que debieran seducir… ¿Pero qué demonios es esto de la gente? Ciertamente, no lo entiendo. Y aseguro que estoy muy ufano porque se me englobe en la “gente”, pero si tengo el mal sueño de que el señor Rajoy es gente preferiría ser reconocido como “subgente” o como “infragente”: y es que “gente” es un significante radicalmente vacío que sólo sirve para un ejercicio de malsana demagogia. A ver, “gente”, pónganse en pie: y toda la patria erguida como el mástil de las banderas. El problema es que hablar de la “gente” no es hablar a nadie y prometer cosas a la gente no es prometer nada ni comprometerse a nada porque la “gente” no existe. ¿Qué existe entonces? Ah, soluciónelo usted, pero hágase al menos el regalo de abandonar este mantra nebuloso y huero…

Quería referirme a un segundo asunto de filibusterismo lingüístico, político… Es de calado aparentemente más peligroso, pero tengo la convicción de que no supera al que he venido refiriéndome… La cuestión va de lo siguiente… Hace meses, una tal Kellyanne Conway, con cara de no creerse la aventura de El planeta de los simios, y actualmente asesora de Trump, supongo que casada y cristiana, se refirió a “hechos alternativos” –alternative facts- para asegurar no que pudiera haber diferentes enjuiciamientos de un suceso –que siempre ha sucedido-, sino sucesos reales diferentes a los que alguien venía a relatar. Por ejemplo, y mira que me es difícil encontrar algo que aclare lo que digo… Hay que intentarlo. Imaginemos que las Fuerzas Especiales lanzan un misil contra una fiesta nupcial y no dejan títere con cabeza: ¿qué ha sucedido? Lo relatado por periodistas y observadores internacionales es que se ha producido un lamentable error. Pero no, señor mío, la señora Conway afirmará con gesto adusto y señalando al cielo que está segura de que la novia llevaba escondidas siete granadas bajo su hermoso traje de novia con la finalidad de lanzarlas contra la policía de guardia de la comisaría más cercana. ¿Es creíble? No podemos saberlo porque la difunta quedó hecha añicos. Pero es un “hecho alternativo”…

¿En qué radica este filibusterismo? Ni más ni menos que en la negación de lo evidente para impedir el desarrollo de cualquier acción de protesta o resistencia porque siempre existirá un “alternative fact”. No, si como continuemos así va a resultar que a América no arribó Cristóbal Colón sino Fernando el Católico disfrazado de almirante de la armada…

En fin, que bien está en modificar el erutar por regoldar, pero habrá que estar alerta no sea que ni podamos erutar ni regoldar… Y, desde luego, de más no estaría comenzar a diseñar una nueva gramática política que nos permita entendernos y saber a qué debemos atenernos.

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