Lo que se esconde detrás de la “libertad de elección de centro educativo”. Por Cándido Marquesán

Cándido Marquesán

Acabo de observar, un tanto atónito, la masiva manifestación de defensa de la enseñanza concertada por el centro de Zaragoza, cuyo slogan más repetido era por la Libertad. ¡Qué bonita palabra! ¿Quién va a estar en contra de la libertad? Quien tenga la osadía de cuestionarla puede verse sometido a todo tipo de ataques. Desde planteamientos neoliberales, en el ámbito educativo, las dos ideas o principios básicos son: calidad de la enseñanza y la libertad de lección de centro. De la misma manera que la libertad es incuestionable, ¿quién se va a atrever a cuestionar la calidad de la enseñanza? Pero son muy hábiles los que elaboran el discurso neoliberal, al servirse de unas palabras que tienen gran fuerza emocional: calidad de la educación y libertad de elección de centro. No quiero fijarme en este artículo sobre el concepto de “calidad” desde la perspectiva neoliberal, si que me referiré a la “libertad de elección de centro”, que era la palabra más utilizada en la manifestación. Para ello me serviré del artículo de Antonio Viñao, profesor de la Universidad de Murcia, titulado El concepto neoliberal de la calidad de la enseñanza; su aplicación en España (1996-1999).

La libertad de elección de centro docente constituye, el núcleo básico de las políticas educativas neoliberales. Insisto: ¿Quién va a estar en contra de la libertad? ¿Quién va a propugnar, frente a ella, un sistema en el que las familias no puedan elegir para sus hijos el centro docente que deseen, o que restrinja su capacidad de elección? Cualquiera que lo hiciera perdería de inmediato el apoyo de amplios grupos sociales. El discurso neoliberal encuentra, por ello, una audiencia muy amplia no sólo entre quienes ya ejercen o pueden ejercer la libre elección de centro docente, sino también entre ciertos sectores de la clase media y media-baja a los que no les basta la escolarización generalizada -la han conseguido ya-, sino que buscan una enseñanza de calidad que les ofrezca la posibilidad de una movilidad social ascendente para sus hijos. Y es ahí, en ese modelo de calidad, donde determinados centros, por lo general privados-concertados, aparecen como el paradigma capaz de proporcionársela, por ser aquellos centros a los que acuden normalmente los hijos de aquellas clases y grupos sociales con los que quieren que sus hijos se relacionen y a los que quieren que sus hijos pertenezcan en el futuro.

Al discurso neoliberal sobre la libertad de elección de centro sólo puede oponerse el discurso de la realidad, es decir, el análisis de las consecuencias o efectos reales de las políticas de libre elección de centro. Sólo desde esta perspectiva es posible apreciar, y por tanto desvelar, su carácter de ideología que oculta o disfraza la realidad, así como entender el porqué de su mantenimiento teórico pese al divorcio entre los objetivos o fines explícitos de dichas políticas y sus efectos reales. Sólo desde esta perspectiva es desde la que uno puede legítimamente plantearse, a modo de hipótesis, si los objetivos realmente buscados por estas políticas son los expresados en el discurso teórico que las fundamenta u otros -los efectivamente producidos- no dichos de modo expreso e incluso opuestos en ocasiones a los manifestados.
¿Cuáles son los objetivos que los defensores de las políticas de libre elección de centro dicen pretender con ellas? Fundamentalmente cuatro: a) la mejora de la calidad, b) el incremento de la variedad de ofertas, c) la reducción de los costes, y d) una mayor igualdad de oportunidades.

La mejora de la calidad, gracias al establecimiento de la libre competencia entre los centros docentes; es decir, al esfuerzo de estos por asegurarse una clientela que garantice su existencia, una cuota de mercado lo más amplia posible, un prestigio social o el acceso a determinados fondos públicos. La diversidad de ofertas, a consecuencia de la necesidad, impuesta por el mercado, de diferenciar el producto ofrecido. La reducción de los costes, gracias a la mayor eficiencia del sector privado y a la mejora de la gestión de los recursos existentes mediante la introducción de técnicas de gestión empresarial. Y la igualdad de oportunidades, por la posibilidad que las políticas de libre elección ofrecen a los sectores sociales más desfavorecidos para elegir mejores escuelas que las que actualmente tienen. En síntesis, la libertad de elección de centro, argumentan sus defensores, favorecerá a las clases y grupos sociales inferiores que no tienen más remedio, con el sistema de zonificación, que acudir a centros docentes de baja calidad educativa. La libertad de elección, dicen, les permitirá salir de su entorno y elegir centros de mayor calidad. Ello favorecerá la igualdad social y hará que los centros con menos demanda se esfuercen por mejorar ante el peligro de verse sin alumnos.  Esta es la teoría. Ahora hace falta saber si ello sucede en la práctica. Existen hoy estudios suficientes sobre las políticas de libre elección de centro como para hacer un balance de las mismas, que muestran  el divorcio existente entre la teoría y las prácticas.

El primer estudio es el llevado a cabo por John S. Ambler sobre las experiencias inglesa, francesa y holandesa de libertad de elección de centro. Las conclusiones de dicho estudio son terminantes: las políticas de libre elección son particularmente beneficiosas para las clases altas, por ser éste el grupo social que más se da cuenta, que mejor se entera e informa de las oportunidades que surgen, y el que más se aprovecha de ellas cuando surgen. La libre elección en educación intensifica las desigualdades sociales existentes creando nuevas oportunidades para los padres mejor informados que son los que llevan sus hijos a las mejores escuelas. Para reducir los efectos negativos de estas políticas el autor del estudio recomienda la implantación de programas específicos para informar y educar a los padres, la introducción de restricciones a la elección y la consignación de ayudas financieras adicionales para las escuelas que aceptan -o que no tienen más remedio que aceptar- estudiantes de coste más alto. O sea, para aquellos centros con mayor número de estudiantes con dificultades, con problemas, o necesitados de apoyo y atención educativa específica.

Por si acaso siguiera habiendo dudas sobre el contraste entre teoría y realidad en las políticas de libre elección de centro, pueden servir, las conclusiones de un libro colectivo, de significativo título (Who Chooses, whoLooses?. Culture, Institutions, and Unequal Effects of the School Choice), publicado en 1996, del que son editores Richard F. Elmore, Bruce Fuller y GaryOrfield. En el capítulo de conclusiones Elmore y Fully sintetizan los análisis efectuados en los ocho estudios sobre la aplicación de políticas de libre elección de centro en diversas ciudades y distritos estadounidenses de que consta el libro. “El incremento de las posibilidades de elección de centro docente probablemente incrementará la separación de los alumnos en función de su raza, clase social y contexto cultural”. La visión optimista del discurso teórico, dicen ambos autores, se desvanece cuando se enfrenta a la realidad. La elección parece tener un efecto estratificador en función de la clase social y la raza, incluso aunque dichas políticas estén expresamente diseñadas para remediar la desigualdad.

Por si no fuera suficiente sobre ese uso y abuso perverso  del concepto de libertad de elección de centro, según José Saturnino Martínez-García, profesor de la Universidad de La Laguna del Departamento de Sociología y Antropología, la libertad de elección de centros plantea dos problemas. Por un lado ¿qué sucede cuando la oferta de plazas de un centro es menor que la demanda? Pues quien elige no son las familias, son los centros educativos. La experiencia muestra la perversión de los reglamentos para conseguir filtrar el alumnado que llega a los centros, y para expulsar a los “indeseables”. Donde la teoría hablaba de libre elección de centro por los padres lo que la realidad muestra es la libre solicitud por los padres y la libre elección de alumnos por aquellos centros que, al tener una mayor demanda, pueden seleccionarlos. Si no se ha insistido más en ello ha sido porque, pese a la declaraciones y principios teóricos mantenidos, la libertad de elección de centros no existe ni se pretende que exista. Lo que se busca, más bien, es la libre elección o selección de alumnos por los centros docentes, en especial por los privados-concertados y, dentro de estos, por los confesionales. Y esta posibilidad de seleccionar, de elegir a los alumnos que se desean y, lo que es más importante, de excluir o rechazar a los que no se desean, existe ya, de hecho -por vías directas o indirectas-, en el ámbito de la enseñanza privada-concertada, en especial cuando la demanda supera a la oferta.

Lo que al final se esconde tras la “libertad de elección de centro”, dejémonos de paños calientes, es muy claro: determinados padres no quieren que sus hijos compartan pupitres con emigrantes, gitanos o ACNES. Es así de simple. Ya vale de hipocresías. Recientemente pude observar el patio de un colegio público de Zaragoza, donde jugaban sin ningún problema niños de distintas razas, culturas, lenguas. Todo un ejemplo de integración. Son mucho peores los padres. Nada más hay que asistir a un partido de fútbol de sus hijos. Tampoco deberíamos olvidar que muchos centros privados-concertados tiene un ideario cristiano, y sin embargo, mediante determinados procedimientos excluyen o expulsan a alumnos difíciles. Evidentemente estas actuaciones no encajan dentro de ese ideario “cristiano”.

No quiero terminar sin hacer una referencia y defensa a ultranza de la enseñanza pública al ser más integradora, plural, intercultural, laica, participativa, democrática e igualitaria, por lo que es uno de los ejes básicos de vertebración de una sociedad.

Según el Colectivo Lorenzo Luzuriaga: “Los sistemas educativos públicos bien podrían seguir siendo una palanca, en los Estados que decidan utilizarla, para reducir los riesgos de la creciente desigualdad y exclusión social, para favorecer el sentimiento de identidad colectiva múltiple, fomentar una lealtad plural a diversas comunidades que conviven en un mismo territorio, y promover la mezcla positiva de diversas culturas”.

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