Somos los responsables del cambio. Es hora de apostar por una televisión en condiciones

Miguel Modrego Sanjuán
Miguel Modrego Sanjuán. Estudiante de Periodismo.

El mundo de la telebasura, de los programas de baja calidad, de los shows y realities, del sensacionalismo, de la desinformación. Desgraciadamente, España se encuentra entre los países líderes en consumir este tipo de programación. Según el Informe de Audiencias de Televisión de finales de 2016, Antena 3 fue la cadena más vista por los españoles, después de que Telecinco se alzara como líder a lo largo de la friolera cifra de 27 meses consecutivos. Sí, durante dos años y tres meses… Telecinco, bautizada como la jefa del entretenimiento, destaca por ofrecer año tras año incansables e interminables ediciones de Gran Hermano –con la nueva y gran idea de Gran Hermano VIP-, Supervivientes, Mujeres y Hombres y Viceversa, y el todopoderoso Sálvame. Para contentar a su público, unos días Jorge Javier Vázquez, y otros tantos Paz Padilla, informan sobre la intimidad de famosos durante horas seguidas que se antojan para algunos eternas e insufribles. Sálvame Limón, Naranja y Deluxe; ya hasta establecen diferencias según la parcela horaria, como si se tratara de unos informativos al uso. ¡Qué manejo del tiempo! ¡Increíble!

Ahora bien, también cabe mencionar que su trabajo es digno de reconocimiento. Puede agradarte más o menos. Pero hay que decir que resulta complicado crear un negocio de la nada y que alcance en tan pocos años el éxito que ha conseguido. Han sabido llenar o completar la vida de personas corrientes con cotilleos de gente que goza de relevancia en la esfera pública de nuestro país. A simple vista suena absurdo, pero gusta. ¿Por qué motivo tantos ciudadanos optan por escoger estos contenidos? Aburrimiento, necesidad de saber cosas de otros, vidas vacías, mero entretenimiento, una mezcla de todo ello… Todavía no he averiguado una razón lógica de lo que motiva a la masa social para engancharse de tal manera. No lo entiendo. Voy a seguir reflexionando o, al menos, a intentarlo.

Lo que de verdad nos tendría que preocupar es saber y comprender lo que guía  al ser humano a decantarse por la denominada telebasura. Desde mi humilde punto de vista, los programas del corazón, la prensa rosa y los realities no tienen nada de atractivo ni de realidad. Son pura ficción porque la mayoría constituyen un conjunto de escenas teatrales que se alejan de la esencia de la comunicación. Su objetivo es entretener, con el único interés de entrometerse en la privacidad de los personajes y desvelar sus secretos más íntimos. Lo privado se convierte en algo público. Enterarte de la vida de una serie de personas con las que no vas a hablar ni coincidir en la vida resulta muy útil e interesante. Sí, sí, supongo que por este motivo despierta la atención de la audiencia… Parece que ya lo voy entendiendo.

Tergiversar la verdad contradice los valores éticos y morales del periodismo. La telebasura atenta contra la profesión. Ya se les denomina periodistas, corresponsales o reporteros a cualesquiera. Pero claro, a fin de cuentas, lo que buscan todas las cadenas es el dinero, los triunfos y la popularidad. Y en muchas ocasiones reflejar lo real no atrae, no llama la atención.

Urge un cambio, que debe venir motivado por la propia audiencia. Somos nosotros los responsables de dejar de lado los chismorreos, los cotilleos, las falsas noticias e investigaciones, los montajes, las mentiras. Es hora de apostar por una televisión en condiciones, plagada de los mejores informadores, los verdaderos periodistas, capaces de crear programas con la veracidad como pilar fundamental. El afán por trabajar, enseñar y educar es lo que se necesita en los medios actuales. De este modo se conseguiría una televisión perfecta, sin la “basura” como componente principal, ni siquiera secundario.

Eso sí, señores, hasta que esto ocurra, me tocará seguir pensando. Continuaré dándole vueltas a la cabeza, pero sin prisa, porque parece que hay tiempo más que de sobra. Continuaré confiando en que un cambio todavía es posible. Veremos si el dinero, aunque suene utópico, no lo impide.

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