Tiempos de carnaval

Como todos los años, llega el carnaval, marco festivo para la diversión, la risa y la entronización del mundo al revés. Solo porque es una celebración que todavía no ha sido colonizada por la galopante usacificación (de USA, claro), merece la pena tal evento, tradición que desde la Edad Media tiene una admirable continuidad.

Lo que pasa es que la vida, como la canción apunta, es un continuo carnaval, una realidad al revés que, lejos de responder a los valores primigenios de tal evento, aquellos combates entre don Carnal y doña Cuaresma, los reyes convertidos en pueblo y el pueblo en Rey, la crítica al clero y a los nobles, el caos que preludiaba la vuelta inmediata a la triste realidad, hoy define las turbulencias propias de una sociedad triste y domeñada sin remedio por los poderosos.
¿No es el rey absoluto del carnaval ese Carles Puigdemont que sintiéndose president no pasa de ser un payaso a la altura de los hermanos Tonetti, o, para que no se nos enfade, del catalán de Cubellas Charlie Rivel ( de nombre y apellidos Josep Andreu i Lasserre)? Todos los días de su mandato y los que lleva de aspirante marcan ese universo carnavalesco del mundo al revés.

¿No es grotesco que acudas a la rutilante Caja de Ahorros a sacar tus dineros y tengas que obtener un numerito del aparato de turno para que te atiendan y sin embargo la máquina esté averiada y debas pedir la vez como si estuvieras en la carnicería? Chulos que son, disponen de cuatro ventanillas pero solo una está en funcionamiento y tu a esperar, un kilo de ternera por favor, sin que la empleada entienda la broma y te ponga mala cara.

¿No es carnavalesco, puro mundo al revés, que quien juzga presuntas irregularidades en la Audiencia haya sido parte activa ( sin que ello signifique implicación dolosa) en las historias juzgadas? Chufla, chufla, toca el pito Agapito, mientras que un choricillo que ha robado dos latas de sardinas para llenar algún rinconcillo de su cuerpo es condenado a dos años de prisión…

O ¿acaso no remite al universo carnavalesco de la fiesta ese Toisón de Oro que se inventó Felipe el Bueno, ahora colgado en el pecho de una niña de trece años? Un carnero, la máxima condecoración otorgada en España, sin saber los méritos aducidos para recibir tal distinción. Menos mal que es un carnero, en la memoria Jasón y el vellocino de oro, o esos dos monstruosos toros que lo custodiaban y que debían, brujería mediante, ser unidos para lograr el vellocino en cuestión. Pobre niña Leonor ya domeñada para que el mundo siga estando al revés…

Y tantos y tantos carnavales. No obstante, cerremos los ojos ya provechémonos. Pongámonos las máscaras, tomemos las calles y si se puede los Palacios y los Bancos, las Grandes Corporaciones, hasta los Cuarteles y pasado un día, acabado el sueño, despertemos, que nos espera el eterno carnaval de la cotidianeidad, de un mundo injusto.

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