La socialdemocracia para Luis Gómez Llorente. Por, Cándido Marquesán

Firmas de opinión

Cándido Marquesán
Cándido Marquesán, Profesor de Instituto

Antes de detenerme en el concepto de “socialdemocracia” de L. Gómez Llorente, me parecen oportunas algunas  referencias a su actividad política. Fue diputado por Asturias, vicepresidente del Congreso de Diputados, miembro de la Ejecutiva del PSOE, con participación activa en la redacción de nuestra Carta Magna, en concreto del art. 27 y la defensa del voto particular de la forma de Gobierno, en defensa de la República; además de defensor de la enseñanza pública y gran experto en el tema del laicismo. Pero por encima de todo destacó por su enfrentamiento con Felipe González en el XXVIII Congreso y en el Extraordinario celebrados en 1979, al oponerse a que el PSOE renunciara al marxismo. Como sabemos finalmente triunfó la postura contraria de Felipe González. No quiero entrar ahora en el relato de esos meses de mayo a septiembre de 1979, fechas del XXVIII Congreso y del Extraordinario. En lo que si quiero detenerme es que esa renuncia del PSOE estuvo motivada por las circunstancias ambientales de nuestro proceso de transición democrática. Según Rafael Fraguas, Tierno Galván y otros apenas unas horas después de la victoria en el XXVIII Congreso del sector  defensor del marxismo al que pertenecían, alertaron de que si se proseguía en la dirección adoptada, al día siguiente no solo quedaría cortado el apoyo del entonces todopoderoso Partido Socialdemócrata Alemán y la correspondiente financiación hacia el PSOE –cruciales a la sazón dada la endeblez del sistema democrático español- sino, además, que dos días después “los tanques saldrían a la calle”, en referencia a la negativa de los poderes fácticos, ultraderecha y derecha económica a admitir una izquierda marxista en el poder en España. El debate marxismo sí/marxismo no del XXVIII Congreso, encubría además una disyuntiva organizativa orientada a cambiar el modelo tradicional y obrerista del PSOE por otro de nuevo cuño, más centralizado, encaminado a atraerse a las clases medias y ganar las elecciones con un programa moderado, como sucedió en 1982.  El testimonio es de una contundencia apabullante.

Ahora retorno al tema de la socialdemocracia. Cada vez estoy más convencido de que la situación de la crisis política actual, que está provocando tanto sufrimiento humano, se explica por la claudicación de la socialdemocracia a sus principios. Situación que no se corrige, nada más hay que observar la actuación política actual del Partido Socialista en Francia. Por ello, parece pertinente reflexionar sobre el papel clave que la socialdemocracia ha desempeñado en el pasado reciente en cuanto al progreso humano. Conviene hacer un poco de historia, porque si los que nos declaramos socialdemócratas sabemos de dónde venimos, puede que sepamos a dónde tenemos que ir. Obviamente las líneas que siguen a continuación no tendrán interés alguno para todos aquellos que solo se declaran socialdemócratas cuando están en la oposición o en campañas electorales, lo que supone un auténtico ejercicio de perversión ideológica. A grandes rasgos las siguientes ideas están extraídas del libro Educación pública publicado ya en el año 2000, de L. Gómez Llorente, uno de los más grandes pensadores del socialismo español.

El socialismo en su historia ha atravesado por tres fases bien diferenciadas: el socialismo utópico, el socialismo científico y la socialdemocracia. Solo quiero fijarme en el tercero. La socialdemocracia plasmada en la II Internacional, en cuanto a sus métodos es la conquista pacífica del Estado por parte de la clase trabajadora a través de las elecciones, y de ahí la organización de la tarea política de los partidos de la clase obrera, hermanados con sus correspondientes sindicatos. Cabe señalar que el marxismo revolucionario y la socialdemocracia coinciden en la necesidad de la posesión del poder del Estado, o sea, la ley y el monopolio de la fuerza coactiva para llevar a cabo cambios en el régimen de propiedad y en el sistema de producción conducentes al socialismo, ya sea por la vía revolucionaria o por la evolutiva.

Sin embargo la socialdemocracia en el siglo XX hizo con buen criterio rectificaciones importantes a sus planteamientos doctrinales iniciales. A medida que avanza el siglo se apercibe que no es tan importante socializar la producción de la riqueza como socializar una parte importante de las rentas producidas. Igualmente que en la sociedad industrial avanzada, que produce un manantial importante de bienes para asegurar un adecuado bienestar para todos, lo importante no es cómo se producen, sino cómo se distribuyen esos bienes.

Descubre que se puede compatibilizar la producción en régimen capitalista con la producción de bienes y servicios en régimen socializado, y una cierta asignación de recursos por el mercado con una redistribución de recursos por parte de servicios estatales a través de la vía fiscal. En una palabra, descubre el Estado providencia. Y que, además, todo esto es compatible con la práctica de constituciones democráticas, donde se explicitan derechos individuales y un sistema parlamentario. Es el modelo centroeuropeo que se expande las tres décadas posteriores al final de la II Guerra Mundial, en el que se alternan gobiernos socialdemócratas y demócrata-cristianos. Se llame Estado providencia o Estado de bienestar,  siempre aparece el término Estado. El Estado de bienestar, corrector de las injusticias sociales generadas por el mercado, no hubiera sido posible sin un poder fuerte, que respetando las garantías democráticas, anteponía el interés general al particular, y que no vaciló siempre que fue necesario en sustituir la iniciativa privada para conseguir el bienestar social. Un poder estatal que proclamó sin ambages que la política fiscal era un factor de redistribución de la riqueza, y que el Estado tendría que controlar de alguna manera la dirección de los grandes flujos  inversores. El Estado asumió servicios básicos fundamentales como la educación, la sanidad, las pensiones, el subsidio de desempleo… Así Europa occidental salió de la miseria de la posguerra. En esos momentos el Estado todavía era soberano en gran parte como para poder diseñar unas políticas económicas, en las que cabían unas diferencias entre las políticas liberal-capitalista y las socialdemócratas.

Las experiencias traumáticas de la Revolución rusa, los fascismos, las dos guerras mundiales propiciaron que las clases propietarias aceptasen un Estado poderoso, para garantizar un orden democrático, en el que a la vez que se mantenía la propiedad privada de los medios de producción, se controlaban los intereses del capital con unas leyes sociales reguladoras del mundo del trabajo. Por ello, no deberíamos olvidar, sería un ejercicio de amnesia lamentable, que la paz social en libertad de la que disfrutó Europa durante un largo periodo se basó en un control social razonable de la actividad económica. El sistema mixto, el equilibrio sector público-sector privado; libre iniciativa-intervención estatal, sirvieron para forjar uno de los momentos de mayor progreso económico y estabilidad política de la reciente historia europea.

Visto lo cual, el ataque brutal al Estado por parte del neoliberalismo, que podemos observarlo en el debilitamiento de la soberanía del Estado, la disminución de sus competencias, el desprestigio de sus instituciones y la moda privatizadora, es un ataque frontal a la verdadera esencia de la socialdemocracia.

La reducción del papel del Estado para controlar la actividad económica, la brutal e irreversible disminución de los recursos estatales con reformas fiscales regresivas, y, por ende,  de su capacidad de redistribución de la riqueza; la brutal desregulación del trabajo, y la ausencia de resortes para controlar los flujos financieros, suponen la quiebra del modelo socialdemócrata de reforma social. Por todo ello, los partidos “socialdemócratas” europeos están en un callejón sin salida, y como no saben responder a las expectativas de una gran parte de su antiguo electorado, cada vez su peso político se está reduciendo a marchas forzadas, y, de momento, de una manera irreversible, tal como se refleja en los distintos procesos electorales. El descrédito de los partidos llamados “socialdemócratas” no es correlativo al de la socialdemocracia, cuya validez para solucionar los graves problemas sigue plenamente vigente, lo único que se necesita es que haya políticos con la suficiente altura moral y coraje político para volver  a rescatarla del callejón de la historia, donde ha quedado arrumbada y olvidada.

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